En el estadio César Flores
Marigorda de Lambayeque, escenario de memorables encuentros de Copa Perú,
Segunda y hasta fútbol profesional, se vivió una mañana cargada de emoción y
mística futbolera. Era domingo 5 de octubre, y el destino volvía a juntar a Tumi
de Pimentel y Cachorro de Motupe, dos representantes lambayecanos que ya se
habían visto las caras en la final departamental. Esta vez, el duelo era por la
Etapa Nacional de la Copa Perú, con la historia aún fresca y la herida abierta
para el conjunto motupano.
1. La hinchada que jugó su propio
partido
Cuando no se puede apoyar desde
el campo, se apoya desde la tribuna. Y eso lo entendió la gente de Motupe.
Desde su ingreso al estadio, la hinchada visitante se hizo sentir con cánticos,
bombos, bengalas y una pasión que fue llenando de energía cada rincón del
Marigorda. Llegaron familias completas padres, hijos, abuelos y jóvenes, todos
unidos por un solo motivo: alentar al “Cachorro querido”. Cada aproximación al
arco rival era una explosión de gritos y emoción, una conexión directa entre la
tribuna y los jugadores. En varios pasajes del encuentro, los futbolistas
respondían con gestos hacia su público, pidiendo más aliento, más fe, más ruido.
Esa sinergia entre la gente y el equipo sería clave para sostener un partido
que exigía garra y corazón.
2. La revancha que se hizo
presente
Dicen que el fútbol siempre da
revanchas, aunque no siempre llegan tan rápido. Para Cachorro, la oportunidad
se presentó de inmediato. Meses atrás, Tumi los había vencido 2-1 en la final
departamental, arrebatándoles el título en los últimos minutos. Aquella derrota
dolió, pero también sembró un fuego interno que se notó desde el primer
silbato. Desde el arranque, los dirigidos por el comando motupano mostraron
otra actitud. Con orden, concentración y una clara convicción, salieron a
demostrar que estaban listos para cambiar la historia. El encuentro fue parejo,
intenso, con roces, protestas y momentos de tensión. Pero Cachorro no se
desordenó: jugó con inteligencia, sabiendo que el fútbol premia a los que creen
hasta el final.
3. Convicción, compañerismo y
resistencia
La convicción fue el motor
del cuadro motupano. Desde los primeros minutos, cada jugada se vivía como una
final. El defensor Kike Rodríguez, voz de mando en el fondo, alentaba a sus
compañeros y transmitía confianza al arquero tras algunas salidas complicadas:
“Tranquilo, este partido es nuestro”, se le escuchaba gritar. Esa seguridad fue
contagiando al resto del equipo.
El primer tiempo terminó sin
goles, pero el descanso fue un punto de unión. En un extremo del campo, se
escuchaban frases que reflejaban el espíritu de grupo: “Este partido lo
ganamos”, “Está para nosotros”, “Ese equipo no nos gana”. Y así fue.
El complemento trajo un nuevo
desafío: a los 63 minutos, Rodríguez vio la tarjeta roja tras una agresión al
rival, dejando a Cachorro con diez hombres. En ese momento, el partido parecía
inclinarse hacia Tumi. Sin embargo, la expulsión no quebró al equipo visitante.
Por el contrario, fortaleció su convicción. Cada balón dividido era una batalla
ganada, cada despeje una demostración de orgullo.
4. Aprovechó la oportunidad y
marcó la diferencia
Los partidos se definen por
detalles, y Cachorro supo aprovechar el suyo. A los 82 minutos, cuando Tumi
preparaba cambios incluso el de su arquero, pensando en los penales, llegó la
jugada que cambiaría todo.
Un balón largo de Monteza
encontró mal parada a la defensa pimenteleña. El delantero, Eduardo Burga dejó
pasar la pelota y “Cuchito” Maza apareció con decisión por la banda. Con
velocidad y claridad, encaró, temporizó y lanzó un centro preciso para Pierre
Orosco, el capitán y goleador, que entró al área con todo el corazón. Con un
toque certero, mandó el balón al fondo del arco. Gol de Cachorro. Gol de
revancha. Gol de fe.
El Marigorda enmudeció. Solo se escuchaban los gritos de la hinchada motupana, que no dejó de cantar ni un segundo más hasta el pitazo final.
De esta manera, el sol motupano brilló para Cachorro en una mañana gris y fría de
Lambayeque, el sol salió por fin que, con diez hombres, coraje y determinación, logró una victoria
histórica por 1-0 ante Tumi, eliminando al campeón departamental y avanzando a
los cuartos de final de la Copa Perú.
Entre lágrimas, abrazos y
cánticos, los jugadores celebraron con su gente. Era el premio a la entrega, a
la fe inquebrantable y al amor por la camiseta. La revancha se había consumado.
El sueño, una vez más, seguía vivo.
“El fútbol no siempre premia al
que juega mejor, sino al que cree más. Y Cachorro creyó hasta el final.”
Reviewed by Redacción En La Cancha
on
06 octubre
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